martes, 11 de marzo de 2014

El trotamundos de la arquitectura

GUADALAJARA, JALISCO. El sueño de muchos hombres es trascender a su tiempo. Que su obra, aquello que lega para los demás, lo sobreviva y le permita seguir viviendo a través del recuerdo de los demás. En el caso de Luis Barragán, ese legado está en piedra. En los planos de todos los proyectos que soñó y logró levantar. En la fina arquitectura que emanó de su mente y hoy es un sólido recordatorio de que los imposibles no existen. 


La obra de Luis Barragán (Guadalajara 1902–Ciudad de México 1988) se palpa con facilidad en la ciudad que lo vio nacer. Pero mientras que las construcciones que brotaron a partir de su mente se quedaron fijas donde se levantaron, él no tuvo problema en marchar a otros puntos de la República para dejar constancia que a donde quiera que fuera, siempre estaba listo para erigir nuevas maravillas.


Aunque era un enamorado de la Perla Tapatía, Barragán marchó a la Ciudad de México en 1937 para trabajar en una serie de proyectos que, sin saberlo, le iban a comprar el boleto a la posteridad. Uno de ellos fue la casa Luis Barragán, quizás de los más íntimos y con menos proyección pública, pero que irónicamente, se convirtieron en una de sus creaciones arquitectónicas más célebres.



La casa-taller Luis Barragán, erigida en 1948, se encuentra en Tacubaya –una de las zonas con mayor ralea de la Ciudad de México– en el número 12 de la calle General Francisco Ramírez. Por fuera, su fachada en color blanco se pierde entre las demás de la colonia. Pero no fue construida al azar. Amante del equilibrio y la armonía, Barragán diseñó la imagen de la casa, pintada en color blanco con ventanas “salientes”, para que se integrara a las de toda la cuadra. La magia de este lugar está en el interior. En su biblioteca, su jardín y el célebre Patio de las Ollas, que sorprende a los visitantes con sus colores y la enredadera que lo enmarca.



Cuna de ideas



Que el arquitecto haya concebido su morada en Tacubaya como una “casa-taller” da cuenta de que tan entregado estaba a su trabajo. Su vida y su obra estaban íntimamente relacionados, y basta con lanzar una mirada a su interior. Todo fue diseñado por él. Los muebles, los pisos y el techo de madera, la elección de los materiales y los colores. 


Por su amplitud (mil 162 metros cuadrados) y armonía de tonos, la casa se convirtió en uno de los espacios de mayor influencia para los diseñadores y arquitectos contemporáneos a Barragán, y fue igual para los que los sucedieron. El título de casa-taller adquirió una nueva dimensión cuando en el año 2004 fue incrita por la Unesco como Patrimonio mundial en México. El único inmueble individual en toda América Latina que ha logrado esta distinción en la historia.


Dueño de una mente inquieta, Barragán convirtió su hogar en un catalizador para sus ideas. Llegó al Distrito Federal con la intensión de levantar proyectos que iba mucho más lejos que el lugar donde iba a residir. Era la época donde la capital buscaba una nueva identidad, dejar atrás la imagen de vetusta urbe del Siglo XIX, para abrirse a nuevos espacios y barrios. Y uno de los encargados de darle esta nueva fisonomía era el trotamundos tapatío.



La ciudad que vive

Amante de los proyectos que se antojaban titánicos para su época (e incluso para la nuestra), Barragán fue uno de los encargados de la urbanización en 1945 del entonces lejano a la captal barrio del Pedregal, una zona agreste y que los capitalinos habían visto con desdén desde la época colonial. 


El proyecto, casi utópico, fue puesto en manos de los mejores arquitectos y artistas de la época. El reto de transformar una zona volcánica, con abundantes serpientes y alimañas en un espacio habitable sedujo a Barragán, que se pasaría meses en su casa taller ideando y trazando el futuro barrio.




El arquitecto tapatío trabajó de la mano con el otro gran arquitecto mexicano de la época, Max Cetto. Y con ellos, artistas de la talla de Juan O’Gorman, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y Mathias Goeritz.




Pronto, Jardines del Pedregal dejó de ser una zona indeseable para vivir. A mediados de la década de los años cincuenta y los años sesenta del siglo pasado, la zona al Sur de la Ciudad de México se convirtió en la nueva joya para vivir. Familias pudientes y artistas la hicieron suya, dotándola de pompa y boato, aunque con el paso de los años, el crecimiento descontrolado de la urbe engulló por completo el que sería un barrio de ensueño.


Pese a esto, el legado de Barragán se sigue disfrutando a pie por la ciudad de México. Caminando el barrio por el Pedregal, que conserva el trazado original, o por San Ángel, el otro rincón de la capital donde el arquitecto ofreció proyectos urbanísticos. Incluso sí se levanta la vista, es probable toparse con otra obra genial del jalisciense, como lo son las Torres de Ciudad Satélite, un emblema del Estado de México, que siguen de pie, inmutables, orgullosas de la herencia y la belleza con la que fueron construidas.


Ir y venir


La Casa-Taller Luis Barragán vio regresar a su dueño y creador muchas veces entre 1948 y 1988. Siempre lo esperó con sus altas ventanas, con su biblioteca silente e iluminada y las ollas, que con el paso de los años dejaron de ser meras artesanías para mutar en obras de arte por derecho propio.




Vio su vuelta al terminar los apartamentos que levantó en la Colonia Cuauhtémoc, como lo vio volver cuando acabó con los proyectos de Árboledas en Atizapán, Estado de México. Lo vio regresar de Acapulco, luego de levantar los jardines del Hotel Pierre Márquez en 1955, así como volvería en 1984, cuando inauguró una de sus últimas obras, el Faro de Comercio de Monterrey.

Diseñada para albergar sus ideas, su descanso y su trabajo, la Casa Luis Barragán no conoce el silencio. Es visitada todo los días por curiosos y estudiantes de arquitectura, que esperan llegue a ellos la misma inspiración que su dueño tuvo durante más de cincuenta años de trayectoria, carrera llena de momentos brillantes, que le valieron ganar el Premio Prikster en 1980, el máximo galardón a nivel mundial que se le puede otorgar a un arquitecto. Y sí, es el único mexicano que lo ha ganado hasta el día de hoy.



Arquitecto, emprendedor, idealista.  Las etiquetas son muchas para este arquitecto tapatío. Quizás la más justa es que en efecto, él logró el sueño de muchos. Él logró trascender.


Fuente:informador.com.mx

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